Entender a la generación de los Millennials ha sido una preocupación institucional de UNITEC. De hecho, y en lo que al área de investigación corresponde, en los últimos dos años se han defendido cuatro tesis dedicadas a analizar el fenómeno de los Millennials tratando de deducir cómo se comunican, cuáles son sus preferencias, cuáles son sus patrones de consumo.

Esto nos deja claro el interés que se ha generado desde la academia, el cual está de sobra justificado, pues es un colectivo que en la actualidad representa a más o menos el 30% de la población en Latinoamérica, y que en la próxima década representarán por ahí del 75% de la fuerza laboral mundial, cifra que en nuestros países será aún mayor. Esos números también nos hablan de la pertinencia de un foro como éste, pues parte de esa fuerza laboral acaba de pasar o está pasando por las aulas de nuestras universidades.

De esos trabajos aprendimos cosas interesantes:

  • Es una generación que está inmersa en un hábitat tecnológico del cual depende y en el cual funciona.
  • Ve su entorno desde la perspectiva de las relaciones de consumo, dimensionándolo todo desde ese parámetro.
  • Está totalmente conectada con el mundo exterior, haciéndola muy consciente del entorno global. No obstante, esa conciencia global –aunque parezca contradictorio- les permite ser más individualistas que las generaciones que les hemos precedido.
  • Ese nivel de conciencia les permite ser muy críticos con su entorno, pues sus expectativas también son globales. Comportamiento que se potencia con la posibilidad de comunicar sus opiniones al poder acceder a públicos realmente masivos por medio de las redes sociales.
  • Tienen un mayor poder de elección, que es permitida precisamente por la interconectividad tecnológica en la que se desenvuelve. Esto, aunado con la conciencia global, los hace consumidores más responsables. Sin embargo, ese poder de elección asociado con el ser críticos, los convierte en un colectivo muy exigente, con estándares que no siempre pueden ser alcanzados.

Es importante intentar caracterizarlos, pues al irse empoderando ellos del entorno, están transformando nuestra realidad, y eso incluye la realidad educativa. Para ellos la educación dejo de ser un privilegio, una cuestión de status o de realización. Para ellos la educación es una mercancía más, y quienes la proporcionamos, no somos otra cosa más que proveedores de servicios. Eso implica que nuestra mercancía está sujeta a los mismos estándares de exigencia que le aplican a todo lo demás que consumen, y que nuestro servicio está siendo evaluado de la misma forma que evalúan cualquier otro servicio. Y no lo digo en forma de crítica. Lo digo como un llamado de atención para las generaciones anteriores, incluyendo la mía, para que terminemos de entender que la realidad ha cobrado formas totalmente distintas a las que nosotros estamos acostumbrados.

Lo anterior sumado a las características antes establecidas, implica qué, ser conscientes del poder de esta generación, y no hacer las transformaciones correspondientes, de tal suerte que nuestros servicios comiencen a adaptarse a sus exigencias y necesidades, tendrá repercusiones. Es posible que aún no podamos dimensionarlas, pero eso no es suficiente para tratar de ignorarlas.

También implica entender el paradigma bajo el cual funcionan como consumidores: el de la eficiencia. Menos recursos para más resultados, que transferido a la educación podría entenderse como menos tiempo, menos complejidad, para más comprensión y más avance en sus estudios. Y ahí es donde se nos plantea el verdadero reto, pues eso implica aprender a utilizar las herramientas digitales, a basar nuestros métodos de enseñanza en la práctica, a potenciar el trabajo en equipo. Pero, sobre todo, implica que nosotros como formadores nos cuestionemos a nosotros mismos.

Y desde esa perspectiva, mi planteamiento es el siguiente:

Todos logramos aprender cuando desentrañamos y entendemos los códigos de lo que nos rodea. Estos códigos son las reglas que explican el significado de aquellas cosas que ansiamos entender, y que nos permitirán interactuar con los que se han iniciado antes en cada una de las expresiones culturales que conforman el conocimiento humano. De nada sirve empantanarse en las formas si no entendemos los significados. En ese contexto, enseñar implica facilitar el acceso de los estudiantes a esos códigos. Pero antes de poder nosotros enseñar códigos nuevos, tenemos que aprender a interpretar los códigos propios de quienes enseñamos, es decir, de los Millennials.

Agregado a eso, al tener conciencia de los diferentes códigos, no podemos pretender imponer los nuestros. De ahí que, frente a este colectivo, los esquemas memorísticos sean un fracaso. Tiene que ser un proceso guiado, un proceso acompañado. Y ese es probablemente el reto más fuerte en esa relación docente-estudiante, pues guiar implica integridad y coherencia, para enseñar por medio del ejemplo y no por medio de la coacción.

Pero, además, el proceso enseñanza-aprendizaje no puede basarse en otra cosa que no sea el conocimiento previo. Y es que el verdadero conocimiento se vive. Para enseñar primero hay que haber aprendido, pero también hay que haber investigado. Si no he producido conocimiento nuevo, como docente soy a penas la caja de resonancia de los verdaderos educadores. Y ese conocimiento prestado, para los alumnos tiene un valor secundario, poco significativo, y seguramente sin ninguna trascendencia. Que, además, nos resta legitimidad en el aula, frente al grupo. Necesitamos empoderarnos de la idea que como docentes debemos participar del proceso de creación del conocimiento que queremos difundir en las aulas. A partir de mi experiencia puedo decir que la legitimación que me da lo investigado, me ha facilitado muchas veces romper esa brecha generacional, pues me evita tener que imponerme. Pero además es la mejor demostración para mis alumnos de mi compromiso como docente.

De la mano de esta coherencia viene la trascendencia. Al alumno hay que entregarle conocimiento sustancial, útil, que se extienda en su subconsciente, y que permanezca ahí para cuando lo necesite en la vida real. Pasar conocimiento solo porque sí, y sin saber para qué, no tiene sentido. Pero además el conocimiento que se transmite no puede ser simplemente utilitario, debe ser edificante y formativo. Se trata de formar personas, fortaleciendo sus individualidades, para entregar a la sociedad elementos que la enriquezcan, y que a la vez tengan todas las capacidades desarrolladas para poder nutrirse de ella. El reto está, como ya señalé, en aprender sus códigos, para que el proceso de transferencia no sea traumático, y cumpla su acometido.

De ahí que el docente no puede ser un autómata encarcelado en esquemas predefinidos, a manera de enlatados académicos. El docente debe participar de lleno en la creación de los contenidos y las herramientas que ha de utilizar, combinando su experiencia profesional con el conocimiento académico obtenido. Debe estar abierto al diálogo y al intercambio con el alumno, por lo tanto, también debe estar dispuesto a modificar sus diseños para acomodarlos a las necesidades y expectativas de éstos.

Eso implica que en el aula debe imperar un ambiente de camaradería. Es cierto que lograr dicho ambiente no es responsabilidad toda del docente, pero no se puede desconocer que es él quien debe liderar el proceso y buscar las alternativas cuando el ambiente no sea el más adecuado. Nuevamente, el docente debe guiar por medio del ejemplo. Para eso, debe poseer una formación previa suficiente que le permita tener, crear o desarrollar los instrumentos idóneos para lograr los cambios necesarios en el aula de clase.

Y parte del secreto para lograr un ambiente apto pasa por crear espacios de reflexión y evaluación que le permitan al docente conocer las expectativas y necesidades de sus alumnos. Es necesario ser consciente de que existen diferentes tipos de inteligencia, así como diferentes formas de aprendizaje. Un verdadero docente debe poder adaptar su clase a esas circunstancias, y debe también poder evaluar de acuerdo a ellas. Nuevamente, herramientas puramente memorísticas, están lejos de alcanzar el standard propuesto.

A la par de la labor del docente en el aula, los centros universitarios deben adecuarse también a los retos que le plantea esta generación. Empezando por tener una presencia digital. Esta presencia no debe cumplir una función meramente de comunicación institucional, sino que debe ser vehículo de difusión del conocimiento que se genera en ese centro de estudio, con el propósito de legitimarlo frente a propios y extraños. Pero, también tiene que ser la herramienta de contacto e intercambio con los Millennials.

Estamos en la era de los Centros I + D + I (Investigación, Desarrollo, Innovación). Eso supone que las Universidades deben fomentar no sólo la investigación académica, la que debe trascender en forma de artículos publicados, de tal calidad que puedan ser citados por nuestros pares, dentro y fuera de la región; sino que, debe potenciarse la investigación aplicada, que tenga como propósito solucionar problemas trascendentales para nuestras comunidades y desarrollar tecnologías propias.

Estos centros deben ser la espina dorsal de la actividad docente, por un lado, recogiendo las necesidades identificadas por los estos, y transformándolas en productos educativos, para que después estos mismos docentes puedan utilizarlos en sus sílabos y en las aulas. Pero, por el otro lado, sirviendo de espacios colaborativos acompañando a esos mismos docentes en la creación de conocimiento nuevo. Las tecnologías actuales permiten que ese acompañamiento sea tanto sincrónico como asincrónico, para que ahora también -además de docentes- sean investigadores, de la misma forma que ya la estamos incorporando estas tecnologías en las aulas de clase para acompañar a nuestros alumnos.

Pero también deben poder ofrecer soluciones a las necesidades inmediatas de los estudiantes, especialmente de aquellos que están por graduarse, por lo que potenciar el emprendimiento de start-ups por medio de incubadoras certificadas ya no puede ser un extra de la experiencia universitaria. Tiene que estar incardinado en los planes de estudio, y buena parte de la investigación académica debe estar dirigida a potenciar el desarrollo de estos emprendimientos.

Y, por último, debemos de salirnos del esquema del antiguo triunvirato que regía la educación superior: docencia, vinculación e investigación. Debemos reconocer que a esa fórmula hay que agregarle un cuarto elemento: la innovación. Los aportes que un centro universitario puede hacer a la sociedad de hoy en día, en la que conviven los Millennials, objeto de preocupación de este espacio, es mucho más significativa si se logra por medio del desarrollo tecnológico.

Para finalizar, sólo quiero compartirles que UNITEC ya ha empezado a recorrer ese camino, con la integración en su Campus de San Pedro Sula de dos espacios, uno dedicado a la investigación –el InnovaLab-, y de otro dedicado al emprendimiento –el Hub de Emprendimiento-, y estamos desarrollando la fase piloto de un Centro I+D+I, como la siguiente etapa de los institutos de investigación e incubadoras de start-ups que ya existen en nuestros distintos campus. En este centro, denominado “El Hub”, se edita Innovare, nuestra Revista de Ciencia y Tecnología, es el punto focal de cuatro observatorios (de salud mental, de investigación en el ámbito municipal, de competitividad y de emprendimiento), y se incuban alrededor de 10 start-ups anuales, que han ganado premios nacional e internacionalmente, y han sido recogidos por aceleradoras internacionales como el caso de Start-Up Bootcamp, con sede en Londres.