Una vez que los hijos concluyen la escuela secundaria se abre en su vida una nueva etapa que está llena de retos no solo para ellos sino también para sus padres. Tanto la educación primaria como la secundaria suelen ser bastante estructuradas: unos horarios de clase bien definidos, una hora de entrada y de salida sabidas de antemano, un ambiente de colegio en el que todos son conocidos y en el que prima la confianza. Además, en la mayoría de los casos, durante los años de colegio los hijos acostumbran estar con sus padres, se comparte diariamente en el hogar y resulta fácil saber que piensan, con quien se relacionan, si estudian o no, en que emplean su tiempo libre.

Cuando van a la universidad, incluso cuando se matriculan en un centro de estudios superiores local, las cosas cambian. Los horarios son más flexibles, las horas de entrar y salir varían período a período, la exposición a nuevas maneras de pensar y de actuar es cotidiana; comienza el ejercicio de la libertad humana en una dimensión antes desconocida.

Encima el ingreso de los hijos a la universidad coincide con notables trasformaciones en su proceso de desarrollo personal; algunos se encuentran en la adolescencia plena, otros saliendo de ella. Es tiempo de descubrir dos elementos vitales que marcan una enorme diferencia en su manera de percibir el mundo: la autonomía y la intimidad. La primera, reconocer que ya no son un apéndice de sus padres, que tienen su propia manera de pensar, que tienen la posibilidad de ir y venir sin mayor dependencia, que comienzan a ser dueños de su propia existencia. La segunda, la intimidad, que no es nada más ni nada menos que descubrir un mundo afectivo interno, padecer unos estados de ánimo bastante inestables, reconocerse único e irrepetible.

Todo este estado de cosas preocupa a todo padre responsable. Y cuando los estudios universitarios exigen poner tierra de por medio, mudarse a otra ciudad, a otro país, las preocupaciones crecen. Sin embargo, todos sabemos que la separación es muchas veces necesaria y que el futuro de los hijos merece todo tipo de sacrificios y esfuerzos, entre ellos la separación física.

Ahora bien, independientemente de las distancias que se interpongan entre padres e hijos, cuando se han cultivado en el hogar unos valores sólidos, hay menos inquietud, hay más confianza.

Además, habría que considerar los siguientes asuntos: hoy la gente joven maneja más información y suele ser menos cándida de lo que fuimos nosotros; hagamos memoria, nosotros también corrimos riesgos y salimos bien librados; debemos confiar en los hijos, son dignos de nuestra confianza; la tecnología hoy permite tenerlos siempre cerca, hagamos uso de ella. Finalmente, hay que dejarlos volar, así nos dejaron hace algunos años nuestros padres…y valió la pena.